Comprender el cerebro es clave para utilizar la inteligencia artificial de forma efectiva

utilizar la inteligencia artificial de forma efectiva
Autor: Chris Weller, Emma Sarro, PhD y David Rock

Alrededor del 80% de las organizaciones medianas y grandes en todo el mundo han implementado herramientas de IA generativa como ChatGPT, Gemini o Claude, entre otras. Después de realizar una inversión tan significativa, su foco ahora está puesto en lograr que las personas las utilicen. Sin embargo, uno de los grandes desafíos es que no basta con simplemente exigir su uso. Las personas necesitan elegir utilizarlas y, además, aprender a hacerlo de manera efectiva.

Existen tres desafíos clave para alcanzar este objetivo. Pero la buena noticia es que también existe una dirección clara que ayuda a resolver los tres desafíos al mismo tiempo: aprender sobre el cerebro.

Tres obstáculos para un uso masivo y efectivo de la IA

El primer desafío es que las personas están experimentando reacciones negativas intensas frente a estas herramientas. Un artículo reciente de Fast Company sugirió que hasta un tercio de los colaboradores estaba saboteando activamente la estrategia de IA de su organización.

Desde una perspectiva neurocientífica, es fácil comprender por qué las personas reaccionan de esta manera. Existen cinco dominios que activan señales de alerta en el cerebro: amenazas a nuestro sentido de estatus, de certeza, de autonomía, de similaridad o pertenencia al grupo, y de equidad. La IA está poniendo cada una de estas dimensiones en alerta máxima, generando una respuesta de amenaza incluso mayor que la suma de sus partes e impidiendo que los esfuerzos de gestión del cambio logren arraigarse.

El segundo desafío para una adopción saludable de la IA involucra una habilidad que hoy no está ampliamente desarrollada en el colaborador promedio: la metacognición, o simplemente, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento. Diversas líneas de investigación están señalando que esta capacidad es fundamental para utilizar la IA de manera que nos ayude a ser más inteligentes, más creativos, a tomar mejores decisiones y a ser más efectivos.

Si bien aún no existe un estudio formal centrado específicamente en las habilidades metacognitivas de los colaboradores, la investigación sugiere que menos del 25% de la población presenta niveles elevados o bien desarrollados de capacidades metacognitivas.

Esto significa que la mayoría de los colaboradores probablemente aceptará cualquier resultado que una herramienta de IA les entregue, sin detenerse a reflexionar, verificar su relevancia, evaluar su calidad o identificar posibles sesgos o alucinaciones. Para que la adopción de la IA funcione, necesitamos una forma de desarrollar la capacidad metacognitiva a gran escala, en todas las industrias y funciones.

El tercer desafío está relacionado con el impacto de un uso poco saludable de las herramientas de IA: depender excesivamente de ellas o delegarles tareas. Muchos de nosotros ya estamos delegando gran parte de nuestras actividades cotidianas, como las comunicaciones por correo electrónico, y en el proceso estamos perdiendo rápidamente la capacidad de realizar estas tareas por nuestra cuenta. De hecho, las investigaciones han revelado una cantidad preocupante de efectos secundarios asociados con la dependencia de la IA, incluyendo una reducción del pensamiento crítico, de la capacidad de aprendizaje y de la memoria, sin mencionar el aumento en la probabilidad de desarrollar culturas laborales tóxicas. Esto apunta a la necesidad de desarrollar un conjunto sólido de hábitos para colaborar saludablemente con las herramientas de IA, que ayude a las personas, entre otras cosas, a identificar qué habilidades están dispuestas a dejar deteriorarse y cuáles desean mantener. En resumen, necesitamos que las personas aprendan a asociarse con la IA de maneras que las hagan mejores en su trabajo, no peores.

Afortunadamente, existe una vía para abordar estos tres desafíos simultáneamente: enseñar a las personas sobre su cerebro.

El poder de la neurointeligencia para mejorar el desempeño

Durante la última década, una cantidad creciente de evidencia ha demostrado que cuando las personas aprenden cómo funciona el cerebro, ese conocimiento transforma los propios procesos de pensamiento y las actitudes que tienen respecto de sus vidas. Esto es similar a lo que ocurrió hace dos décadas con la inteligencia emocional (EQ), cuando esta comenzó a ser considerada una habilidad tan relevante como el coeficiente intelectual (IQ) para desenvolverse con éxito en la vida y en el trabajo.

Por ejemplo, enseñar a las personas sobre el cerebro influye profundamente en la manera en que gestionan sus pensamientos, emociones y creencias sobre sí mismas. Según la neurocientífica Golnaz Tabibnia, la neuroeducación —que es como ella denomina al proceso de desarrollar la neurointeligencia— ayuda a las personas a responder a situaciones desafiantes de manera más positiva, menos negativa e incluso a trascender su sentido más básico de identidad.

También reduce la resistencia a enfrentar los propios miedos y fortalece la autoeficacia, es decir, la creencia de que tenemos la capacidad de resolver nuestros propios problemas y mejorar nuestras habilidades con el tiempo, elementos fundamentales de una mentalidad de crecimiento. Asimismo, favorece una mayor autocompasión frente al fracaso —una habilidad clave para la resiliencia— y fortalece la convicción de que el estrés y el dolor pueden gestionarse mediante estrategias deliberadas.

Cuando las personas desarrollan una mayor neurointeligencia —o un mayor “NQ”— también les resulta más fácil pensar sobre su propio pensamiento, es decir, practicar la metacognición. Por ejemplo, reconocer que nuestros procesos mentales influyen en nuestras decisiones y acciones facilita que reflexionemos activamente sobre nuestra línea de pensamiento y decidamos conscientemente cuándo seguirla y cuándo apartarnos de ella.

Por ejemplo, aprender sobre el fenómeno del insight puede llevarnos a dejar espacios libres en nuestras mañanas, sabiendo que es un momento en el que es más probable que surjan nuevas ideas. Del mismo modo, comprender los sesgos cognitivos puede evitar que aceptemos ciegamente cada recomendación generada por una herramienta de IA sin cuestionarla. Reconocer que el cerebro utiliza atajos cognitivos nos lleva a hacer una pausa y evaluar críticamente la información antes de actuar sobre ella.

Finalmente, un mayor NQ debería fortalecer todo un conjunto de procesos cognitivos que permiten una reflexión más profunda. Entre ellos se encuentran la comprensión y optimización de nuestra capacidad para mantener ideas complejas en mente, regular nuestras emociones, desarrollar resiliencia, mantener la motivación, tomar decisiones menos sesgadas y facilitar cambios tanto en nosotros mismos como en otras personas. Durante más de dos décadas hemos observado estos beneficios de primera mano trabajando con más del 60% de las empresas que integran la lista Fortune 100, ayudando a millones de personas a fortalecer su comprensión del cerebro humano. Una y otra vez hemos comprobado que, cuando las personas se vuelven más conscientes respecto del funcionamiento de su propia mente, prácticamente todos los aspectos de sus pensamientos, emociones, relaciones y desempeño mejoran.

La IA no parece que vaya a desaparecer en el corto plazo. Si queremos utilizarla de manera efectiva y ayudar a otros a obtener los mismos beneficios, deberíamos prepararnos para conocer mucho mejor la tecnología más antigua que hemos llevado con nosotros desde siempre: el cerebro humano.

Te interesa conocer más sobre cómo aplicar la neurociencia en tu organización, escríbenos para enviarte información.

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