La promesa de la IA era que nos ahorraría tiempo automatizando tareas administrativas y operativas, como responder correos electrónicos, gestionar pendientes personales o ejecutar programas en segundo plano. Sin embargo, la realidad que muestran las investigaciones es otra: nos estamos agotando.
Aquí están ocurriendo dos fenómenos al mismo tiempo. Por un lado, cuando dejamos de hacer tareas de menor complejidad —como redactar correos— y pasamos a dedicar nuestro tiempo exclusivamente a trabajo de alto nivel, como analizar conjuntos de datos complejos, el cerebro se sobrecarga rápidamente. Por otro lado, el simple hecho de contar con una herramienta que nos permite hacer mucho más genera una paradoja: las personas se sienten más comprometidas y entusiasmadas con su trabajo, pero también terminan trabajando más horas porque el volumen total de trabajo aumenta.
En una investigación etnográfica de ocho meses con 200 empleados, Aruna Ranganathan y Xingqi Maggie Ye descubrieron que el uso de IA intensificó el trabajo en lugar de facilitarlo. Otras investigaciones de BCG identificaron un efecto de “brain fry” o “cerebro frito”: utilizar IA de manera efectiva, además de realizar todas nuestras demás tareas, hace que el trabajo requiera el doble o incluso el triple de esfuerzo mental, lo que conduce a más errores y peores resultados.
En NLI investigamos qué está ocurriendo en el cerebro y desarrollamos soluciones para hacer el trabajo más sostenible dentro de los límites naturales de nuestra biología. Los líderes que quieran que sus equipos aprovechen las capacidades de ahorro de tiempo de la IA —sin caer en el burnout en el proceso— pueden apoyarse en algunos hallazgos clave.
Ver cómo la IA analiza documentos completos y genera análisis complejos en segundos hace que olvidemos fácilmente nuestros propios límites cognitivos. El cerebro no es una máquina de procesamiento infinita. De hecho, se fatiga muy rápido; basta con intentar recordar una lista de 10 elementos para notar lo rápido que comienza a fallar.
El cerebro se fatiga por varias razones. Una de ellas es la limitación de la memoria de trabajo: simplemente no somos tan buenos reteniendo grandes cantidades de información al mismo tiempo. Durante años, los expertos pensaron que el cerebro podía mantener alrededor de siete elementos simultáneamente en mente; sin embargo, estudios recientes muestran que el número real podría estar más cerca de tres a cinco.
Más recientemente, los neurocientíficos han descubierto además una capa de “memoria intermedia”, es decir, la capacidad del cerebro para mantener información activa durante varias horas. Esta memoria también es altamente limitada, muchas veces más de lo que creemos. Podemos pensar que somos expertos en multitarea, pero la ciencia demuestra que no es así. Nuestros cerebros son malos malabaristas de información.
Otro factor es el costo del cambio de tarea. Aunque pueda parecer que cambiamos de una actividad a otra con facilidad —como pestañas en un navegador— las investigaciones muestran que el cerebro puede tardar más de 20 minutos en recuperar completamente el foco cuando alternamos entre tareas muy distintas, como pasar de crear prompts en IA a aplicar sus resultados. Si además sumamos una o dos reuniones interrumpiendo ese flujo, las probabilidades de lograr un trabajo profundo durante una jornada completa disminuyen drásticamente.
Y, aun así, las personas deben seguir siendo productivas. Entonces, ¿qué ocurre? Para hacer espacio a nuevos procesos cognitivos, otros elementos comienzan a quedar fuera. Así es como empleados sobrecargados —incluso los de más alto desempeño— terminan olvidando detalles menores o cometiendo errores evitables.
Utilizar IA dentro de una jornada laboral ya saturada exige aún más al cerebro. La tecnología consume más espacio dentro de nuestro procesamiento cognitivo general, especialmente cuando llenamos cualquier espacio libre con más prompts e interacciones adicionales. Como resultado, el cerebro nunca siente que realmente descansa. Empezamos utilizando IA para ser más productivos y enfocados; sin embargo, estamos perdiendo claridad mental y agotándonos en el camino.
Uno de los hallazgos más importantes de las investigaciones sobre creatividad e innovación es que los momentos de “¡Eureka!” no ocurren en cerebros saturados. Ocurren cuando el cerebro está en calma, quizás mientras alguien se ducha o pasea al perro. Durante esos momentos de silencio, la mente inconsciente tiene la oportunidad de crear conexiones que la mente consciente —demasiado ocupada atendiendo tareas urgentes— no logra percibir.
Las organizaciones deberían priorizar la creación de espacios de tiempo protegidos, libres de reuniones o uso de IA, donde las personas puedan trabajar en profundidad o simplemente asociar ideas con libertad. Y, crucialmente, estos espacios deben sistematizarse y protegerse activamente para que no desaparezcan ante reuniones de último minuto o urgencias aparentemente impostergables que terminan eliminando cualquier espacio “libre”.
Si una persona está gestionando ocho agentes de IA todo el día, todos los días, es muy probable que su trabajo sea cognitivamente insostenible bajo condiciones normales. En el futuro, probablemente el trabajo tendrá que medirse más por resultados que por horas trabajadas o volumen de actividad. Al mismo tiempo, las personas deberán desarrollar mayor autoconciencia para reconocer cuándo necesitan hacer pausas, dormir una siesta, salir a caminar o incorporar otras prácticas del Healthy Mind Platter para permitir que el cerebro se recargue.
Las organizaciones también deberían educar a las personas en el uso de la IA para que esta potencie el pensamiento humano, en lugar de simplemente multiplicar el trabajo. Nuestra investigación muestra que solo un pequeño porcentaje de usuarios trabaja con la IA como un verdadero socio de pensamiento; la mayoría simplemente delega tareas, lo que crea una nueva capa de trabajo: gestionar la propia IA. La habilidad clave aquí es la metacognición: pensar sobre el propio pensamiento para pedirle a la IA que mejore hipótesis, soluciones y conclusiones existentes.
Cuando los equipos logran combinar estas dos estrategias —espacios protegidos para generar insights y el uso de IA para amplificar el pensamiento— el desgaste mental puede transformarse nuevamente en una inversión valiosa de tiempo y energía, utilizando la IA como una herramienta sofisticada.
El cerebro humano no evolucionó para un flujo infinito de prompts. Pero con los límites y prácticas adecuadas, tampoco tiene por qué hacerlo.
Este artículo fue publicado originalmente en Fortune y presentamos aquí una versión traducida al español para la comunidad de NeuroLeadership Institute en Latinoamérica.
Esta historia fue publicada originalmente en Fortune.com


