La inteligencia emocional, o EQ, como suele conocerse, es la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las emociones. Es fundamental para entendernos a nosotros mismos y a los demás, mantener la calma bajo presión y liderar con mayor efectividad. Durante años ha sido considerada una de las competencias más importantes para el liderazgo y la gestión de personas, convirtiéndose en una de las habilidades más enseñadas en organizaciones de todo el mundo.
Parte de su popularidad se explica porque, a medida que las personas avanzan hacia cargos de mayor responsabilidad, la necesidad de habilidades técnicas disminuye, mientras que las habilidades humanas adquieren cada vez más importancia. Gestionar las emociones es una de las más complejas. Además, hoy los líderes acompañan a colaboradores que enfrentan incertidumbre, ansiedad y emociones intensas producto de los constantes cambios que atraviesan las organizaciones, especialmente aquellos relacionados con la inteligencia artificial. Ante este escenario, podría parecer que la respuesta es reforzar aún más la formación en inteligencia emocional.
Personalmente, no lo creo. Y hay dos razones para ello.
La primera es que los líderes altamente orientados a resultados no suelen sentirse atraídos por la idea de detenerse a hablar sobre sus emociones, que es precisamente como muchas veces se percibe el entrenamiento en inteligencia emocional. Desde la neurociencia sabemos que, cuando el cerebro activa las redes asociadas al logro de objetivos, disminuye la actividad de las redes relacionadas con la conexión con otras personas, y viceversa.
Hace algunos años analizamos qué porcentaje de líderes destacaba tanto por su orientación a las personas como por su orientación a los resultados. Descubrimos que menos del 5 % sobresalía en ambas dimensiones. La mayoría era especialmente fuerte en el enfoque hacia los objetivos. Para estos líderes, escuchar que deben conectar más con sus emociones puede sentirse como si tuvieran que apagar precisamente la capacidad que los llevó hasta donde están. De hecho, la sola palabra emociones puede desencadenar una respuesta de amenaza en quienes tienen una fuerte orientación al desempeño.
Por eso, aunque estas habilidades siguen siendo fundamentales, la forma en que las presentamos no logra captar la atención de muchos líderes. En lugar de despertar su interés, produce el efecto contrario. El problema no es enseñar inteligencia emocional, sino la manera en que la comunicamos y la posicionamos.
Existe una segunda razón por la que insistir únicamente en el entrenamiento de EQ ya no es suficiente. Comprender y gestionar las emociones representa solo una parte de una capacidad mucho más importante para la era de la inteligencia artificial. Para prosperar en este nuevo contexto, los líderes necesitan desarrollar una alta capacidad de metacognición; es decir, la habilidad de pensar sobre su propio pensamiento.
Curiosamente, una de las formas más directas y efectivas de fortalecer esa capacidad es aprender cómo funciona el cerebro. Cuanto mayor es nuestro conocimiento sobre el funcionamiento cerebral, más herramientas tenemos para reflexionar sobre nuestra manera de pensar y mejorarla.
Por eso, en lugar de centrarnos exclusivamente en la inteligencia emocional, necesitamos ampliar el enfoque hacia lo que podemos llamar neurointeligencia, o NQ. La defino como la capacidad de comprender cómo funciona el cerebro y aplicar ese conocimiento de manera práctica. La inteligencia emocional forma parte de esta capacidad, pero representa solo uno de sus componentes.
Por ejemplo, más allá de comprender las emociones, los líderes se beneficiarían de conocer mejor los límites de la capacidad cognitiva humana y aprender a trabajar considerando esas limitaciones. También sería valioso comprender con mayor profundidad cómo funciona el proceso creativo para desarrollar ideas realmente innovadoras y evitar el pensamiento grupal que suele surgir cuando la inteligencia artificial se utiliza para la creatividad.
De la misma manera, los líderes deberán desarrollar una mejor capacidad para distinguir entre un pensamiento verdaderamente profundo y una respuesta simplemente generada por inteligencia artificial que, aunque pueda parecer correcta, resulta superficial y poco convincente.
También les resultará útil comprender mejor la motivación humana —los impulsores intrínsecos del comportamiento, más allá de las emociones— para diseñar estrategias que reduzcan las reacciones negativas y aumenten el compromiso con las ideas, facilitando además iniciativas de cambio más exitosas. Del mismo modo, entender los sesgos inconscientes que afectan la toma de decisiones permitirá tomar mejores decisiones. Y comprender cómo desarrollar resiliencia y bienestar integral ayudará a pensar con mayor profundidad, una capacidad cada vez más necesaria para trabajar al ritmo que exige la inteligencia artificial.
Estos son solo algunos ejemplos de los beneficios que aporta el desarrollo de la neurointeligencia. Existen muchos más.
En definitiva, los líderes de hoy necesitan ser mucho mejores comprendiendo cómo piensan las personas, no únicamente cómo sienten. En esta visión coincide también McKinsey, que recientemente presentó investigaciones donde sostiene que invertir en la salud del cerebro será uno de los principales factores diferenciadores para las organizaciones durante 2026 y los años siguientes. Otras investigaciones recientes muestran incluso que el simple hecho de aprender cómo funciona el cerebro puede mejorar su funcionamiento y conectividad, además de fortalecer la resiliencia frente al estrés y la adversidad, una capacidad que todos necesitaremos desarrollar cada vez más.
Comprender nuestras emociones seguirá siendo una habilidad esencial. Sin embargo, para prosperar en un entorno saturado por la inteligencia artificial, los líderes necesitan un enfoque más amplio y mejor adaptado a los desafíos actuales. Tal vez haya llegado el momento de dejar de decirles que trabajen únicamente en su inteligencia emocional y comenzar a ayudarlos a desarrollar su neurointeligencia, NQ.
Este artículo fue publicado originalmente en Fortune y presentamos aquí una versión traducida al español para la comunidad de NeuroLeadership Institute en Latinoamérica.


